El gigante con los pies de barro


Por: Valentina Bello Otárola y Hasbleidy Juliana Páez

v.bello01@ufromail.cl, hasbleidy.paez21742@ucaldas.edu.co

Hay líderes que juegan ajedrez. Otros juegan póker. Y luego está Donald Trump, que parece jugar parqués… pero en un tablero ajeno, con fichas prestadas y cambiando las reglas a mitad de partida.

En abril de 2025 anunció aranceles masivos y logró lo que pocos economistas consiguen: que los mercados globales hicieran cardio en cuestión de horas. Días después, retrocedió. Lo que pareció una ofensiva sin precedentes terminó siendo, según sus propios asesores, “una pausa para calibrar”. Calibrar. Como si alguien prendiera una fogata en un espacio cerrado y luego dijera que solo estaba probando el encendedor.

Alrededor de Trump existen dos religiones interpretativas. La primera lo considera un genio incomprendido: todo es cálculo, todo es estrategia, todo es parte de un plan tan sofisticado que solo parece caos. La segunda lo ve como un improvisador crónico: no hay plan, no hay brújula, solo instinto y una fe inquebrantable en el “ya veremos”.

Ambas posturas tienen algo de verdad. Y ambas fallan por lo mismo: suponen que el problema es elegir entre plan o caos, cuando en realidad el asunto es más inquietante. Es ambas cosas al tiempo.

Porque sí, Trump tiene principios. No muchos, pero persistentes: presionar hasta el límite, negociar como si cada relación fuera una competencia de suma cero y desconfiar de cualquier acuerdo que no pueda controlar personalmente. Hasta ahí, podría decirse que hay coherencia.

El problema aparece cuando esos principios pasan por el filtro de sus puntos ciegos, que no son precisamente discretos.

El primero: la confianza excesiva en sí mismo. Esa convicción de que siempre tiene la razón, incluso cuando la realidad se toma el trabajo de desmentirlo. El segundo: esa lógica de suma cero que convierte cada reunión diplomática en un ring donde alguien tiene que salir noqueado, y que por cierto él nunca es noqueado. El tercero, quizás el más persistente: cuando la realidad contradice su decisión, no cambia la decisión. Cambia la realidad que acepta ver.

El resultado no es una estrategia sólida ni un caos puro. Es algo más difícil de gestionar: una incertidumbre constante, con momentos de firmeza tan intensos como breves.

Desde afuera, el panorama es digno de un ejercicio de adivinación. Los aliados reciben señales contradictorias y deben decidir si están ante una jugada brillante o ante un cambio de opinión en proceso. Los rivales, más prácticos, han aprendido algo elemental: esperar. A veces la presión se sostiene; otras veces se disuelve sola.

Así, los compromisos dejan de ser compromisos y pasan a ser… posibilidades.

Y cuando eso ocurre, el resto del mundo empieza a hacer algo muy poco dramático, pero profundamente significativo: reorganizarse sin Trump en la cabecera. Europa habla más en serio de su defensa. Otros países exploran alternativas. No porque Trump haya dejado de ser poderoso, sino porque la pregunta clave —“¿Mantendrá Trump su posición? ¿seguirá pensando lo mismo mañana?”— ya no tiene una respuesta clara.

Y en política internacional, la claridad es un activo. La ambigüedad constante, en cambio, es un costo. Porque el poder no es solo tener recursos. Es generar confianza, que los acuerdos duren más que los titulares, que cuando un presidente dice algo los demás no necesiten consultar el horóscopo para interpretarlo.

La imagen no es nueva, pero sigue siendo precisa: Trump ha construido una forma de ejercer el poder que empieza a parecerse a un gigante con pies de barro. El tamaño sigue ahí, imponente. El ruido también. Pero la base (esa mezcla de credibilidad, consistencia y alianzas acumuladas durante décadas) empieza a agrietarse.

Y lo más irónico es la causa: el intento constante de demostrar fuerza. Cada amenaza que no se cumple pierde valor. Cada aliado tratado como sospechoso ajusta su distancia. Cada acuerdo abandonado deja un espacio que alguien más ocupa, con menos ruido y más paciencia.

Se actúa para parecer fuerte. Y, con el tiempo, el efecto es exactamente el contrario.

Los gigantes con pies de barro no caen por sus enemigos.

Caen por su propio peso.

(Imagen: BBC)

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