El caso Spotify: Relaciones internacionales y regulación de empresas disruptivas
Por: David
Jiménez González
e-mail: david.9620138668@ucaldas.edu.co
Es paradójica la popularidad que la aplicación Spotify ha alcanzado tanto entre músicos como usuarios. En términos económicos, aquellos no ven en la plataforma más que una vitrina para acelerar la distribución y la divulgación de sus trabajos musicales. Para que un artista emergente gane un dólar por medio de la aplicación, se requiere que una canción sea reproducida más de doscientas veces -un dólar ganado, tras pagar a la casa discográfica, al productor y al compositor de dicha pieza-. En contraste, las ganancias de Spotify han ascendido, durante el 2021, hasta 2,178 millones de dólares gracias a sus suscriptores del plan “premium”. En total, Spotify ha generado 2,501 millones de dólares, un 27% más en comparación con el 2020, al cubrir la melomanía de 172 millones de suscriptores de pago y 381 millones de usuarios activos al mes.
Ante tan altos beneficios, un aficionado a la
música esperaría que tal éxito se refleje en el bienestar de los músicos,
quienes aún desean hacerse a un lugar en los oídos de todo el mundo. Sin
embargo, decisiones como la tomada por el director ejecutivo de la compañía,
Daniel Ek, envían un mensaje distinto: a principios de noviembre de 2021, la
cabeza de Spotify anunció una inversión de más de €100 millones en investigaciones
que desarrollan Inteligencia Artificial (IA) con fines bélicos. Helsing fue la
firma elegida como una segura inversión, al tener una amplia trayectoria, según
su propia oficina de prensa, como una “empresa líder en tecnología IA a nivel
mundial, enfocada en asuntos de defensa y seguridad nacional. Helsing pone al
servicio de las democracias liberales todos sus esfuerzos en innovación
informática, con el propósito de neutralizar cualquier amenaza contra el orden
institucional legítimo”. La inversión en una impulsora de defensa ha disgustado
a usuarios, artistas y grupos de interés. Hubo algunos músicos que invitaron a
la cancelación de las suscripciones, ofreciendo su catálogo en otras
aplicaciones como Bandcamp o Tidal. No obstante, la indignación ética ante cómo
las ganancias de Spotify han sido invertidas en compañías que emplearán la IA para
las guerras del mañana, se vio ahogada desde el presente mes de diciembre, dada
la expectativa del “Spotify Wrapped”.
La aplicación sonora funciona de manera
semejante a Facebook: usa los “me gusta” dados por los usuarios, al preferir
una canción, una artista o un álbum, para perfilar su gusto, monitorear su
estado de ánimo y ofrecer múltiples opciones para seguir disfrutando de la
aplicación, hasta lograr una alta fidelización. Todas estas acciones son
administradas por medio de una apariencia “cool” que atrae al consumidor,
asociada a una imagen progresista y relacionada con la cultura nórdica. Por
consiguiente, el éxito de Spotify se basa en 1) la recolección de datos
aportados por los usuarios y 2) un ulterior aprovechamiento de la información
obtenida por parte de grandes conglomerados, a pesar del conocimiento de las
condiciones de precarización socio-económica de quienes quieren participar en
el mercado (como los músicos emergentes). Esto señala la esencia de lo que se
ha conocido recientemente como “capitalismo de la vigilancia”.
Si se tiene en cuenta la dudosa ética detrás
de la inversión en defensa hecha por Ek, se puede encontrar un panorama urgente
para que los Estados se organicen y se comprometan en la regulación del uso
poco transparente de datos. Como fue señalado previamente, los beneficios de dicho
uso, obtenidas por medio de aplicaciones y redes sociales, pueden ser destinados
a prácticas que pervierten la vocación humanista de las artes y de las ciencias.
Al mismo tiempo, Spotify y otras empresas disruptivas, como intermediadoras de
información, han significado grandes retos para los gobiernos actuales, en
temas como el pago de impuestos, los derechos de autor y la lucha contra el
crecimiento de los monopolios. Asimismo, la captación y la fidelización de
clientes, por medio de plataformas y aplicaciones, no es un asunto exclusivo de
pocas naciones: tiene que ver con la amplia conectividad en la que se halla hoy
en día la humanidad.
Empero, al evidenciarse una tensión entre el
marco jurídico internacional y los intereses de un puñado de directores
ejecutivos en intensificar el empleo de sus ganancias en busca de mayores
índices de éxito, se descubre un nuevo conflicto de alcances globales. Las
empresas disruptivas pueden afianzar ideas ingeniosas y conmovedoras - como el
acceso amplio a la música por medio de la Internet. No obstante, resulta
preocupante lucrarse de la música y no pagar regalías justas a los artistas en
ascenso. Ante esto, ¿qué justificación existe en reinvertir las ganancias de
Spotify en asuntos bélicos? Los Estados, convocados por medio del orden
internacional, tienen la palabra.
(Imagen: LaNetaNeta)
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