De dictaduras militares a democracias de vigilancia
Por:
Santiago Moreno Muñoz
América
Latina se nos presenta como un escenario vigente de relaciones políticas que
nos conducen por la vía de los polos ideológicos. Con ello lo que quiero
expresar es que hoy en el primer cuarto del siglo XXI siguen las dinámicas del ‘enemigo
común’ que enmarca al mundo en una guerra sin precedentes desde 1950 con lo que
se denominó doctrina de seguridad nacional. Su influencia no se limita a un
episodio del pasado; por el contrario, ha mutado, ha hecho simbiosis y se ha
camuflado en nuevas formas de control, vigilancia y represión.
Tras
la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el mundo vivió una breve tregua
política entre dos gigantes ideológicos, el comunismo y el capitalismo. Unidos
momentáneamente en la lucha contra el fascismo, pronto retomaron sus antiguas
rencillas. Desde 1917, con la Revolución rusa, la idea del "enemigo
común" comenzó a construir un relato en el que el comunismo representaba
una amenaza existencial para las democracias liberales occidentales,
especialmente para los Estados Unidos. La Guerra Fría, más que una
confrontación armada, fue una guerra de ideas, estrategias y de contenciones
políticas. América Latina, nuestro rincón del mundo, fue una de las regiones
instrumentalizadas en ese tablero global.
La
expansión del comunismo encendió todas las alarmas en el occidente ideológico,
América Latina, tradicionalmente relegada de las grandes decisiones mundiales,
pasó a ocupar un lugar estratégico. Los Estados Unidos, siguiendo la lógica de
la Doctrina Monroe "América para los americanos", establecieron
mecanismos de control político y militar en la región. Esta doctrina,
pronunciada en 1823, se convirtió en una piedra angular de la política exterior
estadounidense, justificando décadas de intervencionismo y tutelaje sobre
nuestros países. No fue solo un principio diplomático, sino una advertencia que
se transformó en acción sistemática durante la Guerra Fría.
En
este contexto surgió y se consolidó la Doctrina de Seguridad Nacional. Este
modelo de pensamiento y acción promovía la idea de que los ejércitos
latinoamericanos no solo debían defender las fronteras externas, sino también
protegerse de “enemigos internos”: ciudadanos, movimientos sociales, partidos
políticos, y todo lo que se alejara del modelo capitalista y liberal. La
doctrina no era una simple estrategia militar; era una forma de ver el mundo,
una estructura ideológica que justificaba la represión, el control del
pensamiento y, en muchos casos, el exterminio físico.
Colombia,
sin llegar a una dictadura formal, vivió su propia versión de esta doctrina a
través de gobiernos tanto de derecha como de gobiernos un poco más liberales,
además de persecución de algunos focos políticos de izquierda sin ser
claramente los únicos perseguidos y por
otra parte políticas neoliberales que excluyen a grandes sectores de la
población. El exterminio de líderes sociales, sindicalistas y militantes de
izquierda no fue accidental, sino coherente con una lógica de seguridad que
privilegia el orden por encima de la justicia social.
La
esencia de la Doctrina de Seguridad Nacional sigue viva. Ha mutado, su
metamorfosis es más que clara como si se tratase de un cuento de Kafka. Ya no
se habla de comunismo, pero se demonizan las mismas ideas bajo otras etiquetas:
populismo, castrochavismo, socialismo del siglo XXI. Las narrativas del miedo
persisten y se adaptan.
En
los últimos años, varios países de América Latina han elegido por la vía
democrática a gobiernos de izquierda, como es el caso de Brasil con Lula da
Silva o México con Andrés Manuel López Obrador. Este giro político ha generado
reacciones encontradas, tanto dentro como fuera de sus fronteras. A muchos les
preocupa que estas opciones conduzcan al caos o a sistemas autoritarios, y no
faltan quienes en medios, redes sociales o debates políticos hablan del
“peligro comunista” como si estuviéramos en plena Guerra Fría.
Lo
curioso es que estos discursos suelen estar más basados en miedos del pasado
que en los hechos del presente. Se revive el fantasma del marxismo soviético
como si cualquier política de redistribución, inclusión social o crítica al
modelo neoliberal fuera una amenaza radical. Se alimenta así un temor colectivo
que muchas veces impide ver los matices y entender que hay formas muy distintas
de gobernar desde la izquierda, algunas de ellas profundamente democráticas.
Y
es que no estamos viendo tanques en las calles ni partidos únicos imponiendo el
silencio. En cambio, lo que sí persiste es un discurso que busca desacreditar
cualquier alternativa al modelo dominante. Hoy, en lugar de dictaduras
militares, tenemos leyes “antiterroristas”, vigilancia en Internet y mensajes
constantes que nos dicen que pensar distinto es peligroso. La idea de
“seguridad” se usa no solo para protegernos del crimen, sino también para
controlar ideas, protestas o movimientos sociales.
Aunque
ya no se hable abiertamente de la Doctrina de Seguridad Nacional como en el
siglo pasado, su lógica sigue presente: todo lo que suene a cambio,
redistribución o justicia social es visto con sospecha. La diferencia es que
ahora se hace desde gabinetes elegantes, medios de comunicación o foros
internacionales, pero el objetivo sigue siendo el mismo: mantener el orden,
cueste lo que cueste.
La
Doctrina de Seguridad Nacional ha dejado atrás los uniformes y los golpes
militares, pero su esencia persiste bajo nuevas formas. Hoy opera a través de
discursos mediáticos, leyes punitivas y vigilancia digital que apuntan a
contener cualquier disidencia. Ya no se combate al “comunismo” de forma
explícita, pero se demonizan ideas progresistas con etiquetas modernas. Esta
mutación mantiene viva la lógica del enemigo interno, ahora disfrazada de
legalidad y modernidad. Comprender esta transformación es clave para resistir
viejas estructuras de control que siguen marcando el presente latinoamericano.
(Imagen: France 24)
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