De dictaduras militares a democracias de vigilancia


Por: Santiago Moreno Muñoz

santimoreno17@gmail.com

América Latina se nos presenta como un escenario vigente de relaciones políticas que nos conducen por la vía de los polos ideológicos. Con ello lo que quiero expresar es que hoy en el primer cuarto del siglo XXI siguen las dinámicas del ‘enemigo común’ que enmarca al mundo en una guerra sin precedentes desde 1950 con lo que se denominó doctrina de seguridad nacional. Su influencia no se limita a un episodio del pasado; por el contrario, ha mutado, ha hecho simbiosis y se ha camuflado en nuevas formas de control, vigilancia y represión.

Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el mundo vivió una breve tregua política entre dos gigantes ideológicos, el comunismo y el capitalismo. Unidos momentáneamente en la lucha contra el fascismo, pronto retomaron sus antiguas rencillas. Desde 1917, con la Revolución rusa, la idea del "enemigo común" comenzó a construir un relato en el que el comunismo representaba una amenaza existencial para las democracias liberales occidentales, especialmente para los Estados Unidos. La Guerra Fría, más que una confrontación armada, fue una guerra de ideas, estrategias y de contenciones políticas. América Latina, nuestro rincón del mundo, fue una de las regiones instrumentalizadas en ese tablero global.

La expansión del comunismo encendió todas las alarmas en el occidente ideológico, América Latina, tradicionalmente relegada de las grandes decisiones mundiales, pasó a ocupar un lugar estratégico. Los Estados Unidos, siguiendo la lógica de la Doctrina Monroe "América para los americanos", establecieron mecanismos de control político y militar en la región. Esta doctrina, pronunciada en 1823, se convirtió en una piedra angular de la política exterior estadounidense, justificando décadas de intervencionismo y tutelaje sobre nuestros países. No fue solo un principio diplomático, sino una advertencia que se transformó en acción sistemática durante la Guerra Fría.

En este contexto surgió y se consolidó la Doctrina de Seguridad Nacional. Este modelo de pensamiento y acción promovía la idea de que los ejércitos latinoamericanos no solo debían defender las fronteras externas, sino también protegerse de “enemigos internos”: ciudadanos, movimientos sociales, partidos políticos, y todo lo que se alejara del modelo capitalista y liberal. La doctrina no era una simple estrategia militar; era una forma de ver el mundo, una estructura ideológica que justificaba la represión, el control del pensamiento y, en muchos casos, el exterminio físico.

Colombia, sin llegar a una dictadura formal, vivió su propia versión de esta doctrina a través de gobiernos tanto de derecha como de gobiernos un poco más liberales, además de persecución de algunos focos políticos de izquierda sin ser claramente los únicos perseguidos   y por otra parte políticas neoliberales que excluyen a grandes sectores de la población. El exterminio de líderes sociales, sindicalistas y militantes de izquierda no fue accidental, sino coherente con una lógica de seguridad que privilegia el orden por encima de la justicia social.

La esencia de la Doctrina de Seguridad Nacional sigue viva. Ha mutado, su metamorfosis es más que clara como si se tratase de un cuento de Kafka. Ya no se habla de comunismo, pero se demonizan las mismas ideas bajo otras etiquetas: populismo, castrochavismo, socialismo del siglo XXI. Las narrativas del miedo persisten y se adaptan.

En los últimos años, varios países de América Latina han elegido por la vía democrática a gobiernos de izquierda, como es el caso de Brasil con Lula da Silva o México con Andrés Manuel López Obrador. Este giro político ha generado reacciones encontradas, tanto dentro como fuera de sus fronteras. A muchos les preocupa que estas opciones conduzcan al caos o a sistemas autoritarios, y no faltan quienes en medios, redes sociales o debates políticos hablan del “peligro comunista” como si estuviéramos en plena Guerra Fría.

Lo curioso es que estos discursos suelen estar más basados en miedos del pasado que en los hechos del presente. Se revive el fantasma del marxismo soviético como si cualquier política de redistribución, inclusión social o crítica al modelo neoliberal fuera una amenaza radical. Se alimenta así un temor colectivo que muchas veces impide ver los matices y entender que hay formas muy distintas de gobernar desde la izquierda, algunas de ellas profundamente democráticas.

Y es que no estamos viendo tanques en las calles ni partidos únicos imponiendo el silencio. En cambio, lo que sí persiste es un discurso que busca desacreditar cualquier alternativa al modelo dominante. Hoy, en lugar de dictaduras militares, tenemos leyes “antiterroristas”, vigilancia en Internet y mensajes constantes que nos dicen que pensar distinto es peligroso. La idea de “seguridad” se usa no solo para protegernos del crimen, sino también para controlar ideas, protestas o movimientos sociales.

Aunque ya no se hable abiertamente de la Doctrina de Seguridad Nacional como en el siglo pasado, su lógica sigue presente: todo lo que suene a cambio, redistribución o justicia social es visto con sospecha. La diferencia es que ahora se hace desde gabinetes elegantes, medios de comunicación o foros internacionales, pero el objetivo sigue siendo el mismo: mantener el orden, cueste lo que cueste.

La Doctrina de Seguridad Nacional ha dejado atrás los uniformes y los golpes militares, pero su esencia persiste bajo nuevas formas. Hoy opera a través de discursos mediáticos, leyes punitivas y vigilancia digital que apuntan a contener cualquier disidencia. Ya no se combate al “comunismo” de forma explícita, pero se demonizan ideas progresistas con etiquetas modernas. Esta mutación mantiene viva la lógica del enemigo interno, ahora disfrazada de legalidad y modernidad. Comprender esta transformación es clave para resistir viejas estructuras de control que siguen marcando el presente latinoamericano.

(Imagen: France 24)

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