El “ojo por ojo” de la guerra comercial
Por: Jorge Hernán García Luna
La
guerra comercial entre Estados Unidos y China ha revivido un principio jurídico
ancestral: la reciprocidad. El mecanismo de arancel por arancel evoca la lógica
de la Ley del Talión, aquel ojo por ojo, diente por diente. El
Código de Hammurabi, tallado en piedra hace 3,800 años, establecía penas
proporcionales al daño. Las dinámicas de una guerra comercial en el enclave de
un proteccionismo económico extremo consisten en que cada parte aumenta los
aranceles como respuesta.
El
reciente aumento de aranceles por parte de Estados Unidos en abril de 2025
busca contrarrestar lo que percibe como prácticas desleales de China,
particularmente los subsidios estatales a exportadores que distorsionan los
mercados globales. Estas medidas, iniciadas en 2018 bajo la administración
Trump y moderadas temporalmente durante el gobierno de Biden, han regresado con
particular intensidad con los denominados aranceles recíprocos. La
respuesta china no se hizo esperar: un incremento del 125% en sus aranceles
acompañado de un mensaje firme que rezaba “no
tenemos miedo”.
En
este punto, la Ley del Talión adquiere una dimensión particularmente
reveladora. Originalmente, esta norma babilónica no constituía un simple
llamado a la venganza, sino un avance jurídico significativo al establecer el
principio de proporcionalidad en la justicia. Un ojo por un ojo, nunca dos ojos. Trasladado al ámbito del comercio
internacional, la reciprocidad puede funcionar como mecanismo disuasorio
legítimo. Cuando un país impone aranceles, el afectado tiene derecho a
responder en medida equivalente para forzar la mesa de negociaciones. El
verdadero riesgo aparece cuando estas represalias pierden su carácter
proporcional y degeneran en una escalada sin control.
El
problema fundamental radica en que estas represalias comerciales, diseñadas
para corregir desequilibrios, terminan frecuentemente por perjudicar a las
mismas economías que las implementan. Los aranceles recíprocos estadounidenses
operan como un impuesto encubierto que encarece los productos para los
consumidores finales y eleva los costos operativos para las empresas
dependientes de insumos importados. Grandes compañías tecnológicas, como Apple
o Nvidia, con cadenas de suministro en China, por ejemplo, enfrentan ahora el
riesgo concreto de sufrir las consecuencias de esta guerra comercial.
La
situación se complejiza cuando observamos que Estados Unidos no limita su
ofensiva comercial a China. Los denominados aranceles recíprocos aplicados a
decenas de países, con incrementos que oscilan entre el 10% y el 50%, han
generado respuestas similares por parte de socios comerciales tradicionales.
Algunas naciones optan por la negociación, otras replican con medidas
equivalentes. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿estas medidas buscan
genuinamente corregir injusticias comerciales o reflejan más bien un
proteccionismo autodestructivo?
Este
conflicto ha dejado al descubierto las profundas limitaciones de la
Organización Mundial del Comercio. Creada precisamente para garantizar
relaciones comerciales justas y equilibradas, la institución parece hoy incapaz
de mediar eficazmente entre potencias que actúan al margen de sus propias
reglas. Su evidente debilidad no invalida el principio de reciprocidad, base
fundamental del derecho comercial internacional, pero sí demuestra que, sin
mecanismos efectivos de diálogo y contención, el ojo por ojo puede fácilmente transformarse en un juego donde todos
pierden.
La
retaliación comercial no es intrínsecamente negativa. Constituye una
herramienta válida para defender intereses legítimos y obligar al diálogo. El
verdadero problema emerge cuando su aplicación pierde mesura y perspectiva
estratégica. Al igual que en la antigua Babilonia, la proporcionalidad sigue
siendo clave. Si esta guerra comercial continúa su curso actual sin mecanismos
de contención, el resultado final no tendrá vencedores. Consumidores,
trabajadores y empresas pagan el precio de un conflicto que nadie está ganando.
El
capitalismo internacional requiere cooperación para alcanzar sostenibilidad. La
Ley del Talión puede marcar el punto de partida de un conflicto, pero nunca
debería convertirse en su destino final. Es en este punto donde la reciprocidad
de los aranceles recíprocos es la gran ausente. En un mundo cada vez más
interconectado, la verdadera sabiduría comercial no reside en la capacidad de
devolver cada golpe, sino en encontrar los caminos que permitan superar la
dinámica del conflicto permanente.
Comments
Post a Comment