Que no se repita la historia
Por:
Luz Elena Hernández González
En este
mes de mayo estamos celebrando el 80 aniversario del final de la última gran
guerra. Hace ochenta años, el mundo era testigo de la firma del acta de
rendición por parte de Alemania; con la derrota del régimen Nazi y de sus
partidarios, se ponía fin a la Segunda Guerra Mundial. El 08 de mayo de 1945, en
medio de las promesas de libertad e igualdad, promulgadas por los Aliados, la
humanidad se preparaba para trasegar el camino de la paz y la reconciliación,
luego de haber padecido los rigores del más cruento enfrentamiento bélico que ha
presenciado.
La Segunda
Guerra Mundial representó un cambio de paradigma con respecto a la forma de
entender las causas y las variables en el desarrollo de los conflictos que
hasta el momento habían tenido lugar en el mundo. Este, como ningún otro,
produjo efectos devastadores, a la destrucción de Europa se sumó la pérdida de
vidas humanas; se calcula que el número de muertes superó los ochenta millones,
equiparable a la totalidad de la población de Colombia y Venezuela en la
actualidad.
En
comparación con su antecesora, el número de países y combatientes aumentó de
manera considerable; cuestiones como los avances científicos, tecnológicos y
las innovaciones en el campo armamentístico, asociadas a cuantiosas inversiones
de recursos, elevaron las capacidades de los Estados más poderosos, generando a
su vez, mayor grado de dependencia de aquellos con menos representatividad.
Las
dinámicas de la Guerra, la posición de sus protagonistas y acontecimientos
posteriores a su finalización, han conllevado en diversos contextos a la reconfiguración
del mapa económico y político mundial, proceso que se enmarca, entre otros, en
la búsqueda de mecanismos globales de pacificación y desarrollo, además de la
disputa entre potencias emergentes por el poder. El auspicio y patrocinio que
ofrecen, bien a gobiernos o facciones armadas, en conjunto con las condiciones
de pobreza, desigualdad e inestabilidad política interna de algunos Estados, ha
dado origen a una serie de conflictos armados en la periferia, algunos ya
superados, otros vigentes con sus respectivas consecuencias.
En la
actualidad, según diferentes organismos, alrededor de 56 conflictos armados se
encuentran activos en el mundo, la cifra más alta después de la Segunda Guerra Mundial;
se calculan millones de muertes en medio de los combates y hostilidades desde
entonces. Si bien el número de fallecidos es inferior al registrado después de
la Segunda Guerra Mundial, resulta alarmante que en un mundo donde los
compromisos de cooperación y apoyo mutuo en materia de paz y derechos humanos
han sido la constante durante ocho décadas, los intereses particulares y el uso
de la fuerza se estén superponiendo al diálogo y a la resolución de conflictos
por la vía democrática.
Las naciones
que conviven en medio de las hostilidades esperan de la comunidad internacional,
más que ayudas humanitarias, una intervención efectiva que permita el cese de
los conflictos, necesitan recuperar la esperanza ante el resquebrajamiento de
los acuerdos, tratados y organizaciones por parte de algunos líderes.
Si bien
los enfrentamientos bélicos no se desarrollan en un escenario específico como
en su momento lo fue Europa, sino que se encuentran dispersos principalmente en
países del Sur Global, caracterizados por ser territorios de interés
geopolítico por su ubicación o recursos existentes, sus consecuencias implican
riesgo para todos en general. El mundo
no puede olvidar cómo el interés el afán desmedido por el poder, por el control
de territorios, degeneró en aquella guerra que nadie olvida, pero que pocos
entienden.
El
populismo representado en un líder de Estado, que movilizó miles de soldados a
su favor, ocasionó la muerte de millones de personas. Hoy esta tendencia avanza
vertiginosamente en el mundo, amenazando con desestabilizar el orden mundial
que luego de múltiples acercamientos se logró. Es preciso, entonces, que se
adopten medidas tendientes a fortalecer los gobiernos e instituciones locales
en países en vía de desarrollo y se propenda por el diálogo entre Estados como
forma de estrechar los lazos de cooperación y confianza entre estos y se evite
que el mundo se vea inmerso en un conflicto similar o a mayor escala.
El
octogésimo aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, no solo puede ser
una conmemoración. Esta fecha debe convertirse en un espacio para llamar la atención
de líderes mundiales y de la ciudadanía sobre la necesidad de defender los
acuerdos suscritos, de movilizarse por la paz y la humanización de los
conflictos. Que la memoria de las víctimas sea un aliciente para luchar por la
paz en el mundo.
(Imagen: DW)
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