De la dependencia a la inversión: el nuevo lenguaje del impacto en Colombia

Colombia atraviesa una reconfiguración de su ecosistema de cooperación internacional. Según el Informe de Gestión Consolidado 2025 de APC-Colombia, el país movilizó cerca de USD 781 millones en cooperación, pero el cambio más importante no es la cifra, sino la transformación de las fuentes y modalidades de financiación. La reducción global de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), la salida de USAID y la clasificación de Colombia como país de renta media alta han reducido el peso de la cooperación tradicional, mientras aumentan la participación de países menos tradicionales y la inversión privada en el sector social.

Al mismo tiempo, el país empieza a consolidarse no solo como receptor, sino también como oferente de conocimiento, capacidades técnicas y buenas prácticas hacia otros países del Sur Global. En este contexto, la Cooperación Sur-Sur y la Cooperación Triangular han ganado relevancia estratégica. Durante 2025 movilizaron más de $12.390 millones de pesos en asistencia técnica, intercambio de conocimiento y fortalecimiento institucional, reflejando un cambio de paradigma: la cooperación ya no se limita a transferir recursos, sino también capacidades y tecnología entre países con desafíos compartidos.

El cambio no es únicamente contable; es, sobre todo, un cambio de paradigma. Como señala Jonathan Glennie, director del Global Cooperation Institute, en el pódcast Future Cooperation, no estamos ante el fin de la cooperación, sino frente a una transformación profunda de la manera en que esta se entiende, se financia y se articula a nivel global. Es el nacimiento de una nueva era donde el Sur Global, con Colombia como protagonista, deja de ser un receptor pasivo para convertirse en un "modelo de poder" que exige relaciones más horizontales. La reducción de la AOD en países de renta media no es una tragedia, sino un llamado a la madurez: es el momento de transitar de la "caridad" al "interés compartido".

En este sentido, no se busca únicamente movilizar capital, sino de exportar soluciones probadas en nuestro territorio, consolidando un intercambio basado en la transferencia de saberes y el fortalecimiento mutuo de instituciones.

El salto hacia la sofisticación

Este nuevo escenario obliga al sector social a romper con la "lógica de la dependencia". Ya no basta con tener buenas intenciones; el mundo hoy habla el lenguaje de la inversión de impacto. Esto implica que las fundaciones y organizaciones sociales deben empezar a verse a sí mismas como gestoras de cambio profesionalizadas, capaces de atraer capital a través de mecanismos innovadores como los bonos de impacto social, las finanzas mixtas y el pago por resultados.

La experiencia de organizaciones como BRAC, una de las ONGs más grandes del mundo nacida en el Sur Global (Bangladesh), nos deja una lección clara: para escalar el impacto, hay que pensar como emprendedores. BRAC no solo entrega ayuda; crea empresas sociales, bancos y sistemas de mercado que permiten que la labor social sea financieramente sostenible. Su éxito radica en una obsesión por la evidencia, el monitoreo constante y la capacidad de adaptar sus soluciones a la realidad del terreno.

Una hoja de ruta para el sector social colombiano

Colombia tiene hoy una oportunidad decisiva para redefinir la sostenibilidad de su sector social, pero aprovecharla exige fortalecer sus capacidades institucionales. La Estrategia de Filantropía 2026 de APC-Colombia surge precisamente como respuesta a la reducción global de la AOD y el incierto sistema internacional. Su punto de partida es claro: el futuro de la cooperación dependerá cada vez más de la capacidad de las organizaciones para generar confianza, demostrar impacto y construir relaciones sostenidas con donantes. Aunque Colombia movilizó USD 362,6 millones en recursos filantrópicos entre 2015 y 2024, el país apenas capta el 0,04 % del mercado filantrópico global, lo que evidencia un amplio potencial de crecimiento.

En este nuevo contexto, el reto para las organizaciones sociales ya no es únicamente ejecutar proyectos, sino profesionalizar su gestión. Es necesario fortalecer esquemas de gobernanza, sistemas de monitoreo y evaluación, gestión del conocimiento y la capacidad de construir relaciones de largo plazo con los donantes. Esto es especialmente importante porque muchas de las donaciones que recibe Colombia no continúan en el tiempo. En otras palabras, numerosos donantes realizan un único aporte y no vuelven a contribuir posteriormente, lo que refleja las dificultades para consolidar relaciones estables y sostenidas con quienes financian iniciativas sociales.

A diferencia de la cooperación tradicional, centrada en proyectos e indicadores, la financiación filantrópica se basa en el relacionamiento, la confianza y la transparencia. Por ello, APC-Colombia propone fortalecer herramientas como el patrocinio fiscal internacional, los círculos de generosidad y la articulación con la diáspora colombiana, compuesta por más de 4,5 millones de personas en el exterior. La apuesta no es solo atraer más recursos, sino diversificar las fuentes de financiación y acercarlas a organizaciones territoriales que históricamente han tenido menor acceso a la cooperación internacional.

Aun así, este cambio difícilmente compensará la reducción de la cooperación tradicional. Más que recuperar los niveles históricos de financiación, Colombia enfrenta el desafío de adaptarse a un ecosistema donde los recursos serán más competitivos y exigentes. En ese escenario, las organizaciones que logren demostrar impacto, transparencia y capacidad de articulación serán las que mejor podrán sostener y escalar sus iniciativas sociales.

(Imagen: APC Colombia)

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