De la dependencia a la inversión: el nuevo lenguaje del impacto en Colombia
Por: Verónica Zapata y Juliana Toro
veronica.zapata38111@ucaldas.edu.co, julianatororestrepo@gmail.com
Colombia
atraviesa una reconfiguración de su ecosistema de cooperación internacional.
Según el Informe de Gestión Consolidado 2025 de APC-Colombia, el país movilizó
cerca de USD 781 millones en cooperación, pero el cambio más importante no es
la cifra, sino la transformación de las fuentes y modalidades de financiación.
La reducción global de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), la salida de USAID
y la clasificación de Colombia como país de renta media alta han reducido el
peso de la cooperación tradicional, mientras aumentan la participación de
países menos tradicionales y la inversión privada en el sector social.
Al
mismo tiempo, el país empieza a consolidarse no solo como receptor, sino
también como oferente de conocimiento, capacidades técnicas y buenas prácticas
hacia otros países del Sur Global. En este contexto, la Cooperación Sur-Sur y
la Cooperación Triangular han ganado relevancia estratégica. Durante 2025
movilizaron más de $12.390 millones de pesos en asistencia técnica, intercambio
de conocimiento y fortalecimiento institucional, reflejando un cambio de
paradigma: la cooperación ya no se limita a transferir recursos, sino también
capacidades y tecnología entre países con desafíos compartidos.
El
cambio no es únicamente contable; es, sobre todo, un cambio de paradigma. Como
señala Jonathan Glennie, director del Global Cooperation
Institute, en el pódcast Future Cooperation, no estamos ante el fin de la
cooperación, sino frente a una transformación profunda de la manera en que esta
se entiende, se financia y se articula a nivel global. Es el nacimiento de una
nueva era donde el Sur Global, con Colombia como protagonista, deja de ser un
receptor pasivo para convertirse en un "modelo de poder" que exige
relaciones más horizontales. La reducción de la AOD en países de renta media no
es una tragedia, sino un llamado a la madurez: es el momento de transitar de la
"caridad" al "interés compartido".
En
este sentido, no se busca únicamente movilizar capital, sino de exportar
soluciones probadas en nuestro territorio, consolidando un intercambio basado en
la transferencia de saberes y el fortalecimiento mutuo de instituciones.
El
salto hacia la sofisticación
Este
nuevo escenario obliga al sector social a romper con la "lógica de la
dependencia". Ya no basta con tener buenas intenciones; el mundo hoy habla
el lenguaje de la inversión de impacto. Esto implica que las fundaciones y
organizaciones sociales deben empezar a verse a sí mismas como gestoras de
cambio profesionalizadas, capaces de atraer capital a través de mecanismos
innovadores como los bonos de impacto social, las finanzas mixtas y el pago por
resultados.
La
experiencia de organizaciones como BRAC, una de las ONGs más grandes del mundo
nacida en el Sur Global (Bangladesh), nos deja una lección clara: para escalar
el impacto, hay que pensar como emprendedores. BRAC no solo entrega ayuda; crea
empresas sociales, bancos y sistemas de mercado que permiten que la labor
social sea financieramente sostenible. Su éxito radica en una obsesión por la
evidencia, el monitoreo constante y la capacidad de adaptar sus soluciones a la
realidad del terreno.
Una
hoja de ruta para el sector social colombiano
Colombia
tiene hoy una oportunidad decisiva para redefinir la sostenibilidad de su
sector social, pero aprovecharla exige fortalecer sus capacidades institucionales.
La Estrategia de Filantropía 2026 de APC-Colombia surge precisamente como
respuesta a la reducción global de la AOD y el incierto sistema internacional.
Su punto de partida es claro: el futuro de la cooperación dependerá cada vez
más de la capacidad de las organizaciones para generar confianza, demostrar
impacto y construir relaciones sostenidas con donantes. Aunque Colombia
movilizó USD 362,6 millones en recursos filantrópicos entre 2015 y 2024, el
país apenas capta el 0,04 % del mercado filantrópico global, lo que evidencia
un amplio potencial de crecimiento.
En
este nuevo contexto, el reto para las organizaciones sociales ya no es
únicamente ejecutar proyectos, sino profesionalizar su gestión. Es necesario
fortalecer esquemas de gobernanza, sistemas de monitoreo y evaluación, gestión
del conocimiento y la capacidad de construir relaciones de largo plazo con los
donantes. Esto es especialmente importante porque muchas de las donaciones que
recibe Colombia no continúan en el tiempo. En otras palabras, numerosos
donantes realizan un único aporte y no vuelven a contribuir posteriormente, lo
que refleja las dificultades para consolidar relaciones estables y sostenidas
con quienes financian iniciativas sociales.
A
diferencia de la cooperación tradicional, centrada en proyectos e indicadores,
la financiación filantrópica se basa en el relacionamiento, la confianza y la
transparencia. Por ello, APC-Colombia propone fortalecer herramientas como el
patrocinio fiscal internacional, los círculos de generosidad y la articulación
con la diáspora colombiana, compuesta por más de 4,5 millones de personas en el
exterior. La apuesta no es solo atraer más recursos, sino diversificar las
fuentes de financiación y acercarlas a organizaciones territoriales que históricamente
han tenido menor acceso a la cooperación internacional.
Aun
así, este cambio difícilmente compensará la reducción de la cooperación
tradicional. Más que recuperar los niveles históricos de financiación, Colombia
enfrenta el desafío de adaptarse a un ecosistema donde los recursos serán más
competitivos y exigentes. En ese escenario, las organizaciones que logren
demostrar impacto, transparencia y capacidad de articulación serán las que
mejor podrán sostener y escalar sus iniciativas sociales.
(Imagen: APC Colombia)
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