Migrar: el delito de sobrevivir al orden internacional
Por:
Katherine Restrepo Restrepo y Camilo Gallo Naranjo
yesica.restrepo@ucaldas.edu.co, camilogallo38832@ucaldas.edu.co
¿Por
qué migran millones de latinoamericanos hacia Estados Unidos? Las razones pueden
ser múltiples, pero en el debate público actual la migración se presenta como
una crisis súbita que amenaza la seguridad nacional haciendo que se justifiquen
políticas cada vez más restrictivas y violentas. Con ello, se comprende que desde
América Latina esta narrativa oculta responsabilidades históricas y
estructurales en la producción de esos flujos migratorios. La migración no es
un problema aislado ni una anomalía: puede considerarse además como una
consecuencia previsible de un orden internacional profundamente desigual.
La
Organización Internacional para las Migraciones (OIM) define este fenómeno como
el desplazamiento de personas desde su lugar de residencia habitual hacia otro
territorio. Aunque esta definición parece técnica y neutral, históricamente ha
servido para construir categorías jurídicas como “migrante regular” e
“irregular”, utilizadas muchas veces para legitimar prácticas de control,
exclusión y criminalización sobre poblaciones vulnerables. En este contexto, la
población latinoamericana ha sido frecuentemente reducida a la noción de
“irregularidad”, en muchos discurso políticos “ilegalidad”, ocultando las
causas estructurales que impulsan estos desplazamientos, porque la migración no
responde únicamente a decisiones individuales, sino a contextos estructurales
atravesados por desigualdad, desempleo, violencia y ausencia de garantías para
una vida digna en los países de origen; así como la acumulación de capital de
los países destino.
En
gran parte de América Latina, permanecer significa enfrentar condiciones de
precariedad extrema que limitan cualquier posibilidad real de bienestar, y
marcharse significa encontrar posibles condiciones de mejora en estos núcleos
de mayor acumulación de riqueza, pero a grandes costos donde llegar se vuelve
una odisea. Disputas como el control del narcotráfico en Colombia intensificaron
las masacres y despojos territoriales contra comunidades campesinas, indígenas
y afrodescendientes y produjeron con mayor rapidez el desplazamiento
demográfico interno, creando así las condiciones contundentes para la migración
hacia otros países.
Lo
anterior constituye sólo uno de los múltiples casos que evidencian cómo este
fenómeno no puede comprenderse únicamente como una decisión individual aislada,
sino como el resultado de estructuras históricas, económicas y geopolíticas que
convierten el desplazamiento en una necesidad inevitable. La travesía de
migrantes a través de la selva del Darién —uno de los corredores más peligrosos
en la ruta hacia Estados Unidos— constituye una evidencia visible de la realidad
latinoamericana. Las fotografías de Federico Ríos Escobar retratan el profundo
costo humano de las políticas migratorias restrictivas: cuerpos exhaustos
atravesando ríos caudalosos y caminos cubiertos de lodo, familias enteras
cargando a sus hijos en medio de la selva y rostros marcados por el miedo, la
incertidumbre y el cansancio extremo.
Los
estudios sociológicos, como los de Aníbal Quijano, explican este fenómeno a
través de la colonialidad del poder, entendida como la permanencia de
jerarquías coloniales que aún organizan las relaciones económicas, políticas y
culturales del mundo contemporáneo. Desde esta perspectiva, la migración
evidencia cómo las poblaciones provenientes del sur global son racializadas, vigiladas
y excluidas mediante la militarización de las fronteras, las deportaciones y
las políticas de control migratorio. En este contexto, organismos como U.S.
Immigration and Customs Enforcement (ICE) han sido cuestionados por las redadas
masivas, la separación de familias y la construcción de perfiles raciales que
convierten ciertos cuerpos, acentos y nacionalidades en objetos permanentes de
sospecha. Así, las personas migrantes no solo atraviesan fronteras geográficas,
sino también fronteras simbólicas marcadas por criterios de raza, clase y
nacionalidad, que reproducen las desigualdades del sistema internacional
contemporáneo.
En
el mercado laboral estadounidense, y en sectores como la agricultura, la
construcción y los servicios dependen críticamente de mano de obra migrante precarizada,
pero “legal”. Estimaciones recientes indican que estos trabajadores representan
cerca del 17% de la fuerza laboral en Estados Unidos. Aquí aparece la paradoja
central: el mismo sistema que criminaliza a los migrantes es el que sostiene su
funcionamiento cotidiano gracias a su trabajo mal remunerado y sin protección
legal. La política migratoria estadounidense, centrada en la securitización de
fronteras, la externalización del control migratorio hacia países de tránsito y
la criminalización sistemática, no responde a una crisis imprevista. Esta
política administra deliberadamente los efectos de un orden internacional
desigual del que Estados Unidos es beneficiario directo
En
un mundo donde la acumulación de riqueza, la distribución mercancías y los
intereses económicos circulando con gran libertad, pero la población
desplazándose cada vez más en el umbral de la pobreza, cruzando fronteras para
sobrevivir, es urgente acudir al estudio de la migración como una crisis no
aislada sino como una de las expresiones más visibles de la desigualdad mundial.
Criminalizar al migrante mediante muros, deportaciones, centros de detención y
redadas masivas no resuelve el problema; apenas oculta las responsabilidades
históricas, políticas y económicas que lo producen. Quizá el verdadero delito
no sea migrar, sino sobrevivir a un orden internacional que expulsa poblaciones
enteras mientras castiga a quienes intentan escapar de sus consecuencias.
Frente a esto, resulta urgente construir políticas nacionales e internacionales
articuladas que reconozcan la migración como un fenómeno humano producido y no
como una amenaza al orden establecido, construyendo rutas claras de
acompañamiento, protección y regularización para las personas migrantes. Poner
en el centro el cuidado de la vida digna implica garantizar condiciones de
seguridad, acceso al derecho internacional, protección familiar y oportunidades
reales de bienestar, entendiendo que ninguna persona debería verse obligada a
arriesgar su vida para poder sobrevivir a las políticas de exclusión.
(Imagen: 2023 AP Photo/Ivan Valencia)
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